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¿Y si el ragebait no va a ninguna parte?
Hace varios meses que pienso eliminar mi cuenta de X/Twitter. No lo hago aún, porque en Chile sigue conservando sus usuarios. En otras partes del mundo mucha gente partió de esta red, pero no aquí. Sigo ahí porque el beneficio que me entrega aún es suficiente. Nunca publico nada y sólo me sirve como otra “ventana” para entender lo que pasa a mi alrededor: para saber de noticias en tiempo real, capturar algunos puntos de vistas o memes sobre lo que ocurre.
El resto es distracción y lo que destaca y le ha dado su fama a X: peleas y conflictos.
Pensé en esto último recientemente cuando me encontré con este video.

El contexto es el siguiente: hace un par de semanas circuló el video que grabó un conductor de Uber venezolano, quien fue agredido por una pasajera que lo insultó, lo golpeó, lo amenazó de denunciarlo por un supuesto acoso e hizo comentarios xenófobos. Todo el incidente fue grabado por el chofer, cuyo hijo después publicó el video en redes para denunciar a la mujer e intentar llevarla a la justicia. Pero lo que desató fue otra cosa: ambos - víctima y victimario - recibieron amenazas de muerte y agresiones verbales en la calle. Tras unas semanas ocurrido el hecho, el chofer presentó una querella en contra de la mujer y el abogado de la víctima propuso resolver el asunto obligando a la victimaria a pedir disculpas y comprometerse a tratar sus problemas de ira. (La historia completa la puedes leer aquí, en la revista Sábado del Mercurio).
Abundan las noticias y los videos en redes que a lo único que conducen es a la indignación moral. Videos de gente que roba, asalta, insulta, agrede o pasa por encima de los demás. Videos que hacen hervir la sangre, pero que no conducen a nada. Ragebait (cebo de ira) como le llaman en inglés.
Lo que me llamó la atención de esta noticia (y el video) fue porque, en este caso, la historia detrás del ragebait tiene una conclusión: la injusticia se pagó, la falta se enmendó. Si la disculpa fue o no sincera no importa.
Pero para Twitter, siendo Twitter, da lo mismo. El conflicto y la indignación continúan y la mayoría de los 600 comentarios de la publicación son de ese tipo.
Si algo define a Twitter en particular es esa capacidad que tiene de animar afectos y propulsar la indignación sin conducirla a ninguna parte. La emoción nace, efervece, produce engagement y luego se dirige a otra parte. No hay conclusión para el conflicto, no hay cierre ni una última palabra. En una entrevista el filósofo alemán, Gabriel Markus, ofrece una explicación de por qué ocurre esto:
Una red social es pura socialidad y un sistema social presupone disenso entre los actores. (...) [Este] puede resultar en cooperación o en odio y destrucción. Lo que falta en las redes sociales es la interacción real entre los cuerpos. Entonces es mucho más fácil producir puro disenso sin solución. Odio es disenso sin solución. Las redes sociales producen odio porque no hay manera de resolver un conflicto. No hay un sistema legal en Facebook, no hay tribunales. El odio en las redes sociales no es una contingencia.
Twitter es un canal de comunicación, sí. Twitter juega, también, el papel de una infraestructura tipo “plaza pública” virtual en la que participan tanto organizaciones, como personas y autoridades. Todo esto lo hace posible, pero lo hace enmarcado en un diseño cruzado por métricas e incentivos que son ajenos a la comunicación análoga. Uno puede tener distintas intenciones cuando postea - dar una opinión, comentar, dar cuenta de algo - pero el sistema de Twitter automáticamente califica el mensaje en término de likes, visibilidad o viralidad. La calificación es automática y forzada; está ahí siempre, sin importar que lo queramos. La indignación o el conflicto no son errores inesperados, sino resultados orgánicos del sistema.
Twitter no es el primer culpable de esta dinámica, la televisión y el rating, el diario y la prensa amarilla son antecedentes tempranos de esto. El conflicto vende en el mundo análogo y el digital. La diferencia es su duración. En Internet todo pasa rápido y al mismo tiempo, constantemente. Todo es volátil por eso: nada permanece porque siempre queda tapado con “lo nuevo”. Internet no tiene memoria a corto plazo, pero sí a largo plazo.
Todo queda en el mismo archivo, pero en él nada cambia y ese es el verdadero problema. No hay tribunales, no hay conclusiones para ningún conflicto, todo el pasado sigue ocurriendo. El filósofo, L.M Sacasas, escribió hace un tiempo un breve artículo que da cuenta de todo esto. Aquí comparto un fragmento traducido:
En internet estamos viviendo en el pasado: no es un lugar, es un tiempo. Las capas de artificio que median nuestras interacciones online significa que todo lo que nos llega online lo hace desde el pasado - a veces desde el muy reciente pasado, pero el pretérito de todas maneras.
Porque en internet todas las acciones son inscripciones. (...) En internet, la acción no construye el futuro, sólo alimenta el archivo digital del pasado. La acción, sin una narrativa que la propulse, es reducida a un comportamiento ritualizado, una rutina cansada, respuestas sin imaginación y reactivas. La narrativa produce una dirección y un significado
Si en algún sentido la remanida “cancelación” tiene peso es en esta capa: en la idea de que Internet no olvida faltas y se establece como un juez mucho más duradero y capaz de castigar cuando el mundo análogo olvida. Esa memoria es, creo, efectivamente real. Pero, hasta qué punto este odio, esta memoria, es también evidencia de la forma en cómo circula la información en la época digital. La polémica, el ragebait son cápsulas de información ligeras y, por lo mismo, de rápida circulación, integración y reproducción. El ragebait simplifica noticias y despoja contextos y matices para poder circular dentro de un sistema que demanda de la comunicación rapidez, transparencia y simpleza: bulletpoints, tweets, cuñas, frases célebres.
La información puede circular sin frenos, sin roces, de forma transparente en este tipo de vías gracias a su empaquetamiento en este tipo de unidades. Todo queda en la superficie, a la mano, a la vista, sin dar espacio para el matiz y la complejidad: en una imagen blanco y negro en donde la historia ya está contada. El juicio aquí ya está hecho y empaquetado para su consumo. La irreflexión y la falta de consideración por el esfuerzo que significa la construcción de un juicio, la ponderación de un punto de vista, son parte del diseño de la ideología detrás de la transparencia promovida por sistemas de comunicaciones de alta velocidad.
En internet las respuestas y la información ya están sobre la mesa. Decía la escritora Marguerite Duras en una entrevista que el problema del siglo XX sería que, en realidad, “sólo habrán respuesta. La demanda será tal que sólo habrán respuestas. Todos los textos serán respuestas”. El problema no son las respuestas, sino las preguntas y si queda suficiente espacio para plantearlas.






